En una servilleta de papel, Matías Camisani (55) bosquejó la casa que imaginaba. Delineó primero el frente y, después, las dos plantas. Era mediados de 2019 y hacía poco que se había separado de Dolores Barreiro, la modelo top con quien estuvo casado por veintidós años y con quien formó una familia de cinco hijos: Valentino (25), Salvador (22), Milo (20), Suria (14) e Indra (10). Tenía que barajar y dar de nuevo. “Ya había tenido una casa grande y buscaba algo más manejable. Quería un lugar que acompañara mis pasiones: la música y mis viajes. Tenía que poder cerrarla por meses sin problemas si me iba a la India con los contingentes con los que trabajo. Y quería que fuera de madera, ideal para la acústica”, dice Matías. En el lugar, conviven fotos de sus hijos, sus guitarras y libros sobre música, viajes, gastronomía y fotografía, piezas de Buda y de Ganesha y, en las ventanas, banderines tibetanos de colores que representan los elementos: tierra, agua, fuego, aire y cielo. “Para diseñarla, mejoré el proyecto de un estudio que había empezado a gestar antes, en la casa de mis hijos. Convertí ese estudio en una casa”, continúa él mientras termina de acomodar la mesa con la que recibe al equipo de ¡HOLA! Argentina: un pan horneado por él, mermelada casera y un café turco, preparado tal como lo hacen en ese país: después de hervir a fuego lento el café molido, se debe esperar hasta que decante.

–¿Cómo encontraste este lugar?
–Conocía los alrededores por haber vivido cerca, en Maschwitz. Cuando empecé a buscar un terreno, le pedí a un amigo que me acompañara a verlo. “Acá no me quedo ni loco”, le dije. ¡Estaba demasiado lejos! Pero el lugar terminó cautivándome: calles de tierra, árboles espectaculares, con ovejas y caballos en el camino, y una lagunita con gansos. Estar acá me hizo bajar un montón de cambios. Antes, iba a meditar a un templo budista de Maschwitz. Desde que vivo acá, ya no tuvo sentido: ¡más meditación que la que permite este lugar no existe! Hoy, valoro ir caminando hasta el supermercado, salir a andar en bicicleta o armar diferentes circuitos cuando salgo cada día a correr. Siempre fui bastante handyman; y acá me encargo de todo: desde cortar el pasto hasta arreglos simples de electricidad.

–Pasaste acá la pandemia…
–A la casa, que la construyó un amigo que hace cabañas, la terminaron en tres meses y medio. Me mudé en febrero de 2020, y todo fue un desafío, empezando porque, al poco tiempo, se decretó el aislamiento obligatorio del Covid. La soledad es espectacular cuando uno la desea… pero si uno puede estar bien con uno, puede estar bien con cualquiera. [Se ríe]. Hubo, sin embargo, cosas que disfruté mucho, como empezar a cocinar. Desde hace veinticinco años, soy vegetariano y tengo una dieta particular; en ningún lado como muy bien. Con libros y con todo lo que había aprendido sobre gastronomía en los viajes o viéndola a mi ex, que cocina espectacular, me puse a cocinar.
–¿Tus hijos vienen a visitarte?
–Valentino [músico], Salvador y Milo [trabajan como modelos] ya son grandes y vienen cuando quieren. Y lo entiendo: cuando yo tenía 22 años, me fui a trabajar como modelo a Barcelona. Le dije a mi mamá: “Vuelvo en febrero y retomo la facultad” [antes de que lo descubrieran, Matías hizo su paso por Publicidad y por Ciencias de la Comunicación] y volví dos años después. Cuando uno está en esa edad, no pensás en tus viejos: estás mirando para adelante.

–¿Y Suria e Indra?
–Pasan mitad de año en Inglaterra y en Francia. Y los otros seis meses, acá. Ahora se fueron hace dos semanas. Es una experiencia buenísima para ellos, les encanta, les hace bien. Pero es durísimo. Lo hablé mucho con ellos. Estoy aprendiendo a sobrellevar la distancia. Que mis hijos lo quieran [a Santiago Gómez Romero, el polista con quien su ex mujer, Dolores Barreiro, está desde 2021] me da tranquilidad. Lo adoran y es importante. Hay parejas que duran para toda la vida; hay otras en las cuales la separación es inevitable: sucederá tarde o temprano. Lo que nunca dimensioné fue la separación de mis hijos. En la vida cotidiana, yo estaba muy presente: los llevaba y los traía del colegio, iba a las reuniones de padres, los llevaba y traía a los cumpleaños… La dinámica cambió de repente.
–¿Te tomó desprevenido?
–Creo que el hombre funciona con sucesos y la mujer, con procesos. Por eso, a los hombres nos sorprende: “Epa, ¿qué pasó?”. Bueno, sí: pasaron muchas cosas durante mucho tiempo. Al principio, fue un baldazo. Si en ese momento me hubieses preguntado si separarme era lo que quería, te habría dicho que no. Hoy, me doy cuenta de que yo había hecho mucho mérito para que nos separáramos. Pero haber estado veintidós años con una persona y haber tenido cinco hijos divinos y felices no es un fracaso: es un éxito. Separarse estuvo bien; a mí, me puso en otro lugar. Salí fortalecido.

–¿Se llevan bien?
–Está todo bien; dialogamos, pero si me preguntás si somos amigos o no, no lo somos: no tenemos la frecuencia de encuentro que tienen los amigos ni hablamos cosas que hablan los amigos; no nos contamos nuestros proyectos porque tenemos otras personas con quienes hablar de eso. Ella es la mamá de mis hijos, que es mucho más importante que una amiga.

–Contame de esos proyectos.
–Justo antes de la pandemia, estaba en India, a cargo de un grupo. Acababa de separarme, estaba en pleno momento de cambio. Y decidí tatuarme un Om Ganesha, el dios con trompa de elefante. En India, Ganesha tira buena onda, libera los obstáculos, es un buen auspicio para los emprendimientos. Y me trajo prosperidad. Por un lado, sigo con mis viajes a India: hago uno que es más turístico y otro para grupos que quieren ir a aprender a cantar Nat Yoga [junto con su socia, la cantante Carolina Chrem, van a cuatro ciudades de India]. Por otro lado, me aboqué a mis proyectos musicales con mis bandas: 4to Espacio, Mukunda y Bomba Jacuzzi. Doy clases de guitarra y hago ensambles: reúno gente que toca diferentes instrumentos para que desarrollen propuestas juntos. Con mi amigo Federico Nestrojil, modelo también de Dotto Models, nos asociamos para hacer remeras con mis dibujos. Por mi paso por la moda y por los viajes que hacíamos a la India con Dolores para la marca, aprendí mucho de tendencias y de textiles. Nos está yendo muy bien.

–¿Pensaste en volver al modelaje?
–No, decidí vivir de las cosas que sé hacer. Cuando finalizó el contrato con una marca con la que había estado trabajando, sentí que había llegado a un techo. No me veía reciclándome y seguir haciendo lo mismo. Nunca me teñí el pelo, nunca me operé… Entonces, cuando se terminó, se terminó. Haber trabajado como modelo fue, para mí, alucinante: viajé a un ritmo y a un nivel que nunca hubiera imaginado. A los 20, cuando empecé, coincidió con el boom de las supermodelos, un momento que, acá en la Argentina, pegó mucho. Era todo muy premium: teníamos mucha exposición, la pasábamos muy bien, firmábamos contratos delirantes. Quizás debería haber arrancado un negocio que me diera estabilidad económica; no lo hice. Una vez, me ofrecieron el 50 por ciento de un restaurante si decía que era mío. Rechacé muchas cosas así. Como contrapartida, me compré unas guitarras divinas y fui treinta y cinco veces a India: me gasté un departamento en Puerto Madero viajando para allá. No me arrepiento ni un segundo. La pasé muy bien, pero era otra vida. Hoy estoy en otro momento. Vivo como quiero y hago lo que me gusta. Estoy feliz, llegando al lugar al que quería. Pero sin apuro: no quiero llegar ya. Quiero seguir transitándolo.
–¿Ganesha ayuda en el amor?
–[Se ríe]. Desde hace poco más de dos años estoy con Belén [Marasco]. Es arquitecta, tiene dieciocho años menos que yo y dos hijos. Por ahora, ni ella ni yo queremos convivir ni casarnos. Cuando viene para acá [ella vive a 50 kilómetros de Escobar; se ven dos o tres veces por semana], hacemos planes por la zona: vamos a los restaurantes de acá, paseamos por la reserva de Puertos o visitamos el Malba. La hija de Belén e Indrita tienen la misma edad y se hicieron superamigas; estamos planeando hacer un viaje juntos. Belén apareció en mi vida de manera inesperada; fue como una bendición del cielo.





