Maia Mendoza hacía meses que venía buscando un local para abrir su emprendimiento gastronómico. Un buen día, un amigo le comentó sobre el barrio de La Lucila y ella, entusiasmada, no dudó en ir a conocerlo. Jamás había pisado sus calles, pero cuando llegó encontró todo lo que necesitaba: un callejón sin salida, una pérgola desbordada de verde y coloridas flores, una virgencita cuidando la entrada y una casona olvidada, que en silencio parecía esperar ser habitada otra vez. “Estaba muy abandonada, pero cuando la vi, sentí el potencial. Para mí era muy importante la idea de respetar el silencio, que el lugar se sienta cálido, tranquilo y pausado”, rememora Maia sobre los comienzos de Zulu Haus, su pintoresco café al que los habitués describen como “un refugio de calma”.
Gastronómicos de toda la vida
A Maia el ambiente gastronómico le atrae desde muy pequeña. No es una casualidad: sus padres son gastronómicos de toda la vida y se conocieron en un restaurante alemán llamado Hans. Él era mozo y ella pastelera. Entre servicio y charla, se enamoraron y luego abrieron su propio restaurante llamado Tabaco, en Maschwitz. Años más tarde, se ponen al frente de otro clásico de la zona: “Kurt y Horacio”. “Siempre los acompañé a trabajar y era muy natural para mí todo. Creo que desde ese lugar, en parte como admiración de verlos a ellos en sus labores, esa cosa de nena chiquita de querer imitar a tus papás”, confiesa Maia. A los ocho años ya tenía su lugar en el salón: recibía a los clientes y acercaba cafés y postres con la seriedad de quien juega, pero también entiende la dinámica del servicio. “Me encantaba sentirme anfitriona. Lo que más me gustaba era el contacto con las personas, ver la cara de la gente cuando les abría la puerta, siempre pensaban que era alemana, porque me vestía así como muy típica, tenía el pelo muy largo, con dos trencitas, y me acuerdo que yo abría la puerta y me hablaban en alemán, dando por sentado que yo también los entendía. Tengo ese recuerdo del contacto con las personas, del disfrute”, rememora risueña.
En su hogar siempre hubo platos caseros. La cocina era una mezcla de diferentes culturas: recetas ucranianas de su mamá, ahumados caseros de su papá y el infaltable goulash. Sabores que no eran tan comunes en una nena, pero que para ella eran cotidianos. Eran un clásico los varenikes, borscht y los blinis. También el chucrut, los quesos, los embutidos y el goulash. Este último era su plato favorito de chiquita. “Mis amigos me decían, “pero goulash, ¿qué es eso?”, cuenta, entre risas. Sin embargo, cuando terminó la escuela secundaria se alejó por un tiempo del rubro y de las noches largas de la gastronomía. Estudió moda y después psicología y counseling. Aun así, en cada salida a comer afuera, en cada detalle que observaba en algún restaurante, siempre surgía la pregunta interna: ¿cómo sería si fuera mío? Hasta que un día dejó de resistirse. “Esto es lo que me gusta”, se dijo convencida de su camino, que siempre había estado marcado. A mediados de 2024 comenzó a buscar el sitio perfecto para abrir su propio espacio. “Hacía mucho tiempo que estaba buscando un local, pero no me daba lo mismo, no quería uno a la calle o en una avenida. Estaba muy segura de que quería conservar la idea de una casita, como el restaurante de mis papás que es como una cabañita. Buscaba esa calidez”, cuenta sobre los primeros pasos de su café.
Dos hermanos y dos casas gemelas centenarias
Cuando pisó La Lucila, se enamoró de la historia de la casona centenaria del barrio ubicada en Salvador Debenedetti 635. “Son dos casas gemelas que hicieron dos hermanos para criar ahí a sus familias y compartir un patio en común –que ahora lo cerramos–, y entre ellos tenían un trato: ninguno de los dos vendía o alquilaba, hasta que se muriera el último de ellos. Adelante vivía Celina, que vivió hasta 104 años, súper querida por todo el barrio. En homenaje a ella siempre tenemos una torta que lleva su nombre”, anticipa.
Maia estaba convencida de que había que mantener la esencia de la casa: conservaron la parte del frente, los pisos y la estructura. “La cocina donde trabajamos ahora es la original, solo la agrandamos un poquito y después hicimos una abertura entre las dos habitaciones para que el salón esté todo completo. La pérgola y la planta son las que eran de Celina, que me parecía que era la magia del lugar y que llevara su impronta de esa casa familiar”, detalla. Hoy, las hijas de la señora cada vez que entran se emocionan con la transformación. De alguna manera el café le trajo vida a esa casa que había estado abandonada en los últimos años.
Tras reformar el local llegó el momento de ponerle un nombre al café. Maia recordó un viaje y a una bebé llamada Zulu. “Siempre había quedado en mi cabeza ese nombre pensando que el día que tuviera una hija le iba a poner Zulu. Llega el proyecto del café, que para mí es como mi primer hijito, y se me viene ese nombre a la cabeza. Cuando busco el significado, veo que es “hombres del cielo” y habla de los Zulúes, una tribu africana que encuentro que tiene un montón de valores que me resonaban y era lo que yo quería generar en el emprendimiento: comunidad, sentido de pertenencia, de equipo, de respeto”, confiesa.
Un café con guiños japoneses en una casona clásica
La apertura de Zulu Haus fue bien recibida en el barrio, quien estaba ávido de nuevas propuestas gastronómicas. Aunque al principio costó que se adapten a las disruptivas propuesta de la carta con guiños japoneses. “Fue un desafío defender nuestra carta, porque La Lucila estaba acostumbrada a algo un poco más clásico. Quise ofrecer un buen café, pero que pueda estar acompañado con algo que sea distinto a lo que ofrecen otras cafeterías. Al principio costó un poco, pero creo que valió la pena defender nuestro producto y la idea inicial”, resume.
A paso lento, pero firme sorprendió con un sándwich japonés de huevos cremosos, que sale con una lactonesa japo picante; o el Yakisoba, que es un bowl de fideos alcalinos que viene con trucha grillada, pepino curado y furikake. Acompañado de huevo marinado, akusay, pickles caseros y caldo ligero estilo japonés. Para el mediodía tienen un plato, que rota a diario llamado “Bento”, es una forma de comer japonesa que presentan en bandejitas. “Hay un equilibrio tanto estético como proteico. Por lo general tiene arroz, proteína, verduras y encurtidos, todo hecho casero. Trae una entrada, un plato principal y una pequeña ración de frutas para terminar como un postre. Siempre con distintas combinaciones y va variando durante la semana”, describe.
Experta en laminados y fruta frescas
La pastelería, a cargo de Sofía Rosina, merece una mención aparte. Ella es experta en laminados y le encanta trabajar con fruta fresca de estación. Son un hit las danesas con frutos rojos y crema pastelera. También hay cookies como la llamada “Tentación” con chocolate intenso líquido y chocolate amargo al 70%. De las tortas la estrella es la vasca con salsa toffee. Otra de las novedades es la tres leches con canela. La cafetería también tiene protagonismo. Ofrecen café en grano o filtrado. “Si sos amante del café de especialidad, podés pararte a charlar con el barista, pedirle si te gusta más o menos intenso, con o sin leche, o hablar de los distintos granos que tenemos para seleccionar. Estamos muy abiertos al vínculo entre el barista y el cliente”, explica.
“Disfrutá del silencio. Este es un espacio para relajarse y conversar en voz baja”, dice un pequeño cartelito junto a un estante con libros de tarot, oráculos y cartas. Zulu también invita a una introspección interna y a alejarse de la tecnología. “Hay algo del lugar que cuando entras te invita a bajar un cambio, las luces cálidas, la música, y creo que la gente lo destaca mucho. Muchas veces me dicen que es el lugar donde hay que hablar en voz baja, que me causa gracia pero al mismo tiempo sí, es lo que yo quería que suceda”, admite Maia. Por su parte, las cartas invitan a la charla. “Si se juntan dos amigas a tomar un café, de repente te acercás, sacas una carta y eso te lleva a tener una conversación mucho más profunda o indagar en algún aspecto de tu vida. Me pareció como un lindo recurso que estuviera ahí presente para poder ir a lo emocional y a la profundidad”, agrega.
Tras el éxito en La Lucila, pronto va a abrir una segunda sucursal en Saavedra, justo frente al parque. La apertura se estima para agosto. “Me parece que conserva algo parecido a La Lucila, de ser un lugar de casas todavía, muy familiar, hay algo también como de la pausa, mucha gente que frena a hacer la siesta, o que se va al parque a tomar sol o a caminar”, opina.
Cada vez que a Maia le preguntan qué valores le inculcó su papá Horacio ella no duda: la atención personalizada con los clientes. “Él siempre los hace sentir que están en su propia casa. Es muy anfitrión. Va más allá de lo que estás dando de comer y tomar. Es cómo haces sentir a esa persona una vez que cruza la puerta de tu negocio, que es como tu casa”, dice.
Cuando era pequeña Maia soñaba con ser actriz. Con el tiempo se dio cuenta de que muchas de las cosas “que quería cuando era chiquita” se ven hoy representadas en su café. “Me da el espacio para expresarme, para ser con un otro, para que haya encuentros en profundidad, como lo hubiese hecho si seguía atendiendo siendo counselor. Entonces sí, de alguna manera esta realidad de hoy representa todos esos deseos”, remata y se acerca a saludar a un habitué. Las hojas de los árboles caen sin cesar en esa callecita sin salida, con mucha paz y aroma a café.


