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Estrenos de cine: La muerte de Robin Hood es un retrato revisionista que desmitifica al famoso héroe medieval

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La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, Reino Unido-Estados Unidos-Irlanda/2026). Dirección y guión: Michael Sarnoski. Fotografía: Pat Scola. Música: Jim Ghedi. Edición: Andrew Mondsheim. Elenco: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Noah Jupe, Murray Bartlett. Duración: 123 minutos. Distribuidora: Imagem Film. Calificación: restringida para menores de 17 años (R-17). Nuestra opinión: muy buena.

Oscuro, melancólico, adusto, extremadamente violento y sobre todo revisionista. Así es el retrato de los últimos años de un célebre personaje medieval que hasta ahora siempre fue visto a través del prisma del heroísmo, la aventura feliz y el espíritu de justicia. Aquello de “robar a los ricos para dárselo a los pobres”.

Esta nueva mirada, mucho más profunda y sobre todo desmitificadora, pide ante todo que nos olvidemos de las valerosas andanzas de Robin y sus merry men por los bosques de Sherwood y de la imagen que nos forjamos del personaje a través del cine, del clásico dibujo animado de Disney al “príncipe de los ladrones” encarnado por Kevin Costner en los años 90.

Michael Sarnoski, el talentoso realizador de Pig, describe aquí a Robin Hood (Hugh Jackman) como un hombre envejecido, cansado y a la vez dispuesto a redimirse. Confiesa de entrada que su vida siempre estuvo marcada por una voluntad delictiva, y para alcanzar sus propósitos, ajenos a cualquier intención altruista o benéfica, se dedicó a matar sin piedad a quien se cruzara en su camino. La secuencia inicial lo deja a la vista.

También es un hombre solitario y huraño que abandonará en un momento ese voluntario aislamiento para ayudar a su viejo compinche Little John (Bill Skarsgåard), el Pequeño Juan de los relatos más ingenuos y heroicos, de quienes amenazan con lastimar a su familia y apoderarse de sus tierras. El tipo de lucha a muerte que sostiene con sus adversarios quiere mostrar la cruda y salvaje brutalidad de cualquier batalla medieval, sobre todo a partir de los instrumentos empleados para matar: cuchillos, hachas, antorchas, piedras. El primer tramo está lleno de sangre y de feroces peleas cuerpo a cuerpo.

De a poco el relato se sosiega, con largos espacios dedicados a la reflexión introspectiva y al mea culpa de un antihéroe abrumado por una larga historia de crueldades y destrucción. En un alejado convento regenteado por una piadosa mujer (Jodie Comer), Robin simula ser otro y trata de encontrar la definitiva redención en compañía de otros seres golpeados y desprotegidos.

Todo transcurre, a excepción de los abruptos momentos de acción encendida y cruenta del comienzo, en escenarios mucho más propicios para la contemplación. Los momentos compartidos por Robin y sus compañeros de desventuras transcurren al aire libre en la calma de la agreste geografía rural irlandesa o entre sombras apenas iluminadas con la tenue luz de una vela.

Imágenes de ese tipo, bellamente trabajadas e iluminadas en interiores (a veces de modo deslumbrante) con tonalidades ocres, terrosas y amarillentas, definirán durante casi dos horas el tono lento y paciente de una historia que se irá volcando cada vez más hacia la espiritualidad. Las bellas baladas con instrumentos tradicionales compuestas e interpretadas por el músico irlandés Jim Ghedi enriquecen todavía más ese recorrido vital con forma de lamento y expiación.

La muerte de Robin Hood exige del espectador una renuncia completa al recuerdo tradicional y la aceptación de que ya no estamos frente al héroe que la historia convencional nos describió. La elección de Jackman para representar al avejentado y cansado antihéroe es inmejorable: el actor australiano encuentra tiempo y espacio para representar el hastío definitivo de un hombre que pasó la vida entera matando y delinquiendo, así como la lucidez final para comprender que esa misma existencia debería escribirse a partir de un último y redentor acto.

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