“Movete River, movete. Movete, dejá de joder”, grita el grupo de unos 1800 hinchas de River, a grito pelado en una tribuna de un pequeño estadio paulista para 12.000 espectadores. En Brasil, por la Copa Sudamericana y frente a Bragantino, un limitado adversario, el equipo millonario ataca con los ojos vendados. Tiene un jugador más, luego de zafar por un penal atajado por Santiago Beltrán. Hasta que…
El pibe Lucas Silva, volante de 19 años, entra dos minutos antes. Y en el tercero de los ocho adicionados, levanta la cabeza y tira un centro a la olla. Uno de tantos. Allí, el responsable de un zonzo penal, Lucas Martínez Quarta, salta mejor que todos. Y define un partido increíble. River pudo perder, pero ganó. Gana, gana, gana… con credenciales desteñidas. Verdaderamente, imperceptibles.
La última vez que River logró una victoria en Brasil fue el 12 de enero de 2021, por las semifinales de la Copa Libertadores y ante Palmeiras. El equipo que conducía Marcelo Gallardo ganó por 2 a 0 con goles de Robert Rojas y Rafael Santos Borré, pero quedó eliminado, al haber caído en el primer partido por 3 a 0.

Eduardo Coudet hace lo que puede con un plantel con figuras recortadas y jóvenes. Por ahora es un equipo discreto que, sin embargo, solo perdió un partido: nada menos que contra Boca en el Monumental y perjudicado por un penal ignorado en el final. El 1 a 0 en San Pablo es un excelente resultado, más allá de que jugó con un jugador más durante los últimos 35 minutos y no se le caía una idea. Una sola. El pibe Beltrán, el arquero, lo sostuvo en todo momento: antes y después de atajar un penal.
El primer tramo fue entretenido, abierto, con la zona media como una ruta de tránsito. La ocasión más clara la tuvo Isidro Pitta, un número 9 corpulento: mano a mano, el zurdazo encontró la mano izquierda de Beltrán, que sacó la pelota al córner, en una atajada fenomenal. Se había resbalado Lautaro Rivero.
El desarrollo se fue desinflando, pero siempre Bragantino estuvo más lúcido, como en el cierre del primer capítulo, con un disparo de Barbosa, el otro delantero gigante (1,94m), que también chocó con un vuelo salvador de Beltrán.
La reconstrucción millonaria, al mando de Chacho, tiene más contratiempos en la imagen del equipo que en cuanto a los dividendos. No gusta, no golea, pero suele ganar. O, al menos, no pierde: solo ocurrió en el polémico superclásico. “Esto era Vietnam. Se tuvo que ir Marcelo (Gallardo), que quién lo va a discutir como entrenador. Está claro que es el técnico más ganador de la historia del club. Podemos dar más, mejorar, llenar mucho más el paladar de nuestra gente”, decía Chacho, luego del triunfo por 3 a 1 sobre Aldovisi por el torneo local.

El análisis del entrenador, de 51 años, tiene una carga global: el Mundo River está acostumbrado a otros pergaminos futboleros, más allá de los resultados. Sin embargo, este corto ciclo, que empezó por la abrupta salida del Muñeco (en crisis en todos los rubros, también en el vestuario), no tiene margen para la belleza. “Quieren convencer a la gente de que River no juega bien. En las dificultades que tenemos, seguimos ganando desde que llegamos. Que no engañen a la gente, parece que para jugar bien tenemos que llenar todos los casilleros. A la gente le pido que disfrute de ganar porque cuando llegamos el panorama era bastante jodido”, advertía, a corazón abierto.
Es interesante el concepto: el equipo millonario no ofrece garantías en ninguno de los rubros. Tiembla en la defensa (Martínez Quarta y Rivero, en Brasil, ofrecieron todo tipo de ventajas), no convence en la zona media (¿quién conduce?) y es cambiante en ataque. Tiene gol: lo que no es poco. Hay excepciones, claro: el joven Beltrán en el arco, Acuña como estandarte, se extraña el tándem Moreno-Vera, que era un sello distintivo y Colidio se reencontró con el gol, más allá de las repetitivas lesiones de Driussi.
Eso sí: es una formación que da la cara. Ninguno se esconde detrás de las luces de otro tiempo. “¿Pensás que no hay una mejora en el equipo? ¿Cómo se evalúa eso? Porque los jugadores son los mismos…”, responde Coudet, en el extraño equilibrio entre las escuálidas virtudes y la prepotencia de los resultados. Claro está: la derrota con Boca, más allá del VAR, despertó el pesimismo que gobernó el último tramo del ciclo de Gallardo. River juega con esa mochila en la espalda. Pero atención: gana casi todos los partidos. Un misterio.

En el Brasileirao, Bragantino se encuentra en el octavo lugar (de 20 equipos), con 17 puntos y en puestos de Copa Sudamericana 2027. Un equipo limitado, al que River no podía superar, ya con Galoppo y Kendry Páez en los últimos 45 minutos.
Martínez Quarta, al igual que en Bolivia, cometió otro error infantil. Quiso gambetear a Pitta, luego de un “bote a tierra”, en la puerta del área, pero perdió el balón y cometió penal. Al menos, no sufrió la expulsión, situación que también se pudo haber dado: solo amarilla.
Como el forcejeo fue leve y estaba en duda la distancia en la reanudación del juego, el VAR intervino y llamó a Wilmar Roldán, que fue a observar la acción en el monitor. Confirmó el penal y la tarjeta más leve. Sasha definió mal, Beltrán lo resolvió fácil.
Lo mejor de Bragantino vs. River
Rápidamente cambió la ecuación: en diez minutos, pasó de estar en desventaja en el marcador y 11 contra 10, a tener un jugador más, por la expulsión de Alix, por doble amonestación, luego de una mala salida colectiva y una infracción sobre Galoppo.
El volante le dio otra energía a River, con un par de avances con criterio y un disparo salvado por Cleiton. Hasta que llegó ese centro. Un cabezazo monumental de un equipo que cuenta las monedas.


