Luego de casi siete meses al aire, finalmente Gran Hermano llegó a su conclusión, con la consagración de Solange Abraham como la gran ganadora. Ella, que ya había participado de la edición 2011 del mismo show, regresó con hambre de revancha y logró cumplir su objetivo. Pero más allá del reality, en un mano a mano con LA NACION, se refirió a su rol como madre, y a la diferencia entre el show y la intimidad, entre otros temas.
-¿Cómo estás viviendo estas primeras horas después de haber ganado Gran hermano?
-Estoy súper feliz. No lo puedo creer. Es un gran triunfo, sobre todo de la gente. Si yo pensaba que lo estaba dando todo adentro de la casa, cuando salí y vi todo el esfuerzo y todo lo que hicieron, la verdad es que la gente sí lo dio todo. Lo único que tengo para decir es “gracias”.
-¿Te tenías fe para ganar?
-Siempre lo vi como una posibilidad, por eso decidí entrar, dejarlo todo, estar enfocada y no perder el tiempo. No dependía cien por cien de mí, pero sabía que lo iba a dar todo. La seguridad no la tenía nadie, y obviamente hasta el último segundo todos esos días anteriores a la definición final estuve recontra ansiosa. Era todo muy incierto. Fueron días difíciles. Cuando Santi [Del Moro, el conductor del ciclo de Telefe] sacó el sobre diciendo que yo era la ganadora, empecé a temblar y me atravesaron un montón de emociones. Si bien siempre dije que yo jugaba para ganar y que el segundo puesto era como ser el primer perdedor, esa solo era la base de lo que yo pensaba a nivel competitivo. Pero con el pasar de los meses, por ejemplo, lo que dije en la gala anterior a la final, pensaba que le quería dar ejemplo a mi hija y a mi sobrino del esfuerzo, de la continuidad, de la constancia, de no dejar derribarse por nada ni nadie y que creyeran en ellos. Obviamente, ellos son chiquitos y el programa no lo vieron, pero de grandes van a ver a una tía o a una mamá que lo dio todo, y como en la vida, podés tener al mundo en contra como en esa casa y, sin embargo, nunca bajé los brazos y di batalla hasta el final. Era mi mensaje de vida, por eso me sentía ganadora.
-¿Pensás mucho al momento de tomar decisiones en la imagen que le querés dar a tu hija?
-Cien por cien. Más que la imagen, es el ejemplo. Las palabras son lindas, pero los ejemplos se demuestran con actos. Si yo le digo a mi hija que no está bien fumar ni tomar, yo no lo hago. Si yo le digo a mi hija que tiene que esforzarse, que tiene que luchar por sus sueños y sus metas, la palabra es linda y la teoría es divina, pero si no lo ve, no es un ejemplo. Siempre trato de manejarme así. Le digo a mi hija que siempre tiene que ir con la verdad, esto hablando en la vida no en el contexto de un juego; tenés que ser fiel a tus amistades; siempre dar y recibir amor; ser agradecida de cada detalle que te den las personas o la vida misma. Tengo que demostrarlo con actos y siempre intento hacer eso.
-¿En qué sentís que te cambió la maternidad?
-Ser mamá me cambió la vida y no lo digo como una frase hecha. Entendí lo que es la verdadera importancia de la vida, las prioridades. Y en ese momento puntual dejaron de importarme un montón de cosas. Entendí en la vida que todo gira alrededor de Delfi. Perdí todo tipo de egoísmo y se despertaron muchos miedos. Empecé a entender la vida desde un lugar mucho más profundo, con mucho más sentido. Me cambió rotundamente, maduré, crecí, todavía sigo aprendiendo, ella me enseña todos los días. Aprendí a valorar momentos tan simples como estar las dos sentadas mirando una peli o comiendo una pizza, tiradas en una alfombra. Todo eso me lo dio la maternidad, porque no me importa el lugar, el valor me lo da ella.
-¿Qué le dirías a las personas que cuestionan tu victoria porque estuviste unos días fuera de la casa?
-Muchas de las participantes estuvimos fuera de la casa. De hecho, las dos finalistas estuvimos fuera de la casa. Yo fui expulsada, es cierto, pero no por hacer algo malo. No agredí a nadie, no cometí ninguna infracción. Fue una expulsión por algo más personal y no dependía de mí. La verdad que no sabía que era un motivo de expulsión. Nunca infringí las normas, siempre me manejé de manera legal. Esa fue una decisión de Gran Hermano, como él dice, que toma las decisiones que quiere porque es su casa y sí, hay reglas pero él las puede modificar. Entonces, lo que la gente o el hate puede llegar a decir no me importa ni me importó nunca. Es parte y está bueno que exista el hate, eso polariza y genera debate. Que hablen de mí, es porque algo estaré haciendo bien. A mí lo que me importa son esas millones de personas que votaron para que yo saliera campeona de Gran Hermano: generación dorada, me importa el amor que recibo en la calle, en las redes sociales. Cuando veo videos de la gente mirando la final y casi explotando como si fuese el Mundial o un gol de la selección, no lo puedo creer, para mí es una locura. Me quedo con eso. No soy de enfocarme en lo malo. Es como el ying y el yang, en la vida para que existan cosas buenas tiene que haber cierto equilibrio. El hate es parte de eso, está bien, no me enfoco, no me modifica ni nada. Sé que gané en buena ley, que la mayoría de la gente así lo quiso y lo gané desde el afuera y desde el adentro. Los tiempos de mi juego siempre los dominé yo. El resto estaban obsesionados y dejaron de jugar simplemente para ganarme a mí, para que pierda. Creo que hice bien las cosas porque si bien incomodé y provoqué, de eso se trata Gran Hermano. Eso no me hacía una malvada, eso me hacía una jugadora y en tal caso, los jugadores que no supieron adaptarse a ese tipo de juego, es algo que habla mal de ellos y no de mí. Y ahí es donde todo se confunde y desvirtúa, pero me quedo con que la mayoría de la gente sí entendió que era un juego. Es lo que a mí me importa.
-¿Qué tanto se parece la Sol de Gran Hermano a la Sol que disfruta de la vida familiar?
-Son muy diferentes. La Sol de Gran Hermano estaba en el contexto de un juego y todo lo que hacía era por un motivo puntual. De hecho, yo siempre jugué con el afuera, explicándole a la gente de antemano qué iba a hacer, y si algo salía mal, daba un volantazo, un cambio de planes, estaba todo pensado. No lo hacía por ganas de provocar a alguien, lo hacía con un fin, para desestabilizar, para sacar lo peor del otro y ese no era mi problema. El problema era del otro que no sabía controlar eso. En la vida estoy con mi familia, con la gente que amo. Mi vida no es un juego. Mi vida es la vida. Sí, hay coincidencias con la fidelidad absoluta y los códigos que tengo con la amistad, la fidelidad absoluta que tengo con el amor y el cariño genuino con las personas que amo. Sí, soy muy frontal en la vida como en el juego. Soy valiente, constante. Cuando me propongo algo no paro hasta conseguirlo. Esas cosas no cambian ni van a cambiar porque son parte de mi personalidad. Pero no es lo mismo Sol con la familia, o en el contexto de un juego, con un grupo de desconocidos, en un grupo de amigos, estudiando o haciendo deporte. O sea, no existe un solo yo, sino una persona en distintas situaciones de la vida. Esto era un juego, un reality show que en un punto me desgastó y que se me hizo muy difícil. Muchos creían que a mí no me iba a dar la nafta, pero yo le prometí a la gente que iba a jugar hasta el final y eso fue lo que hice. Y le di mi última carta al público el día de la final, sin importarme si hubo placa positiva o negativa. Nunca me importó eso porque quería devolverle a la gente y la única forma de hacer eso era no estar en un modo cómodo ni haciendo la plancha. Yo me iba a ir jugando, así salieran las cosas bien o mal.


