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Un faro en el Monumental: Paredes es la luz que ilumina todos los proyectos de Boca

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A la larga lista de primeras veces, Leandro Paredes le agregó este domingo una escrita en letras azules y amarillas: se dio el gusto de anotarle un gol a River, una sensación hormonal que su cuerpo no había experimentado jamás. El del triunfo, además, en rodeo ajeno: un estadio que le demostró respeto desde el instante en que su apellido sonó en los parlantes. Porque los sonoros silbidos eran eso, la certeza de que el capitán era el futbolista más temido de los que iban a ponerse la camiseta rival. La escena final de la noche les dio la razón: el racimo de jugadores de Boca festejaba cuando Paredes tomó el teléfono de un asistente del plantel, se paró delante del resto y apretó. Click, la foto con su cara sonriente al frente de la manada feliz viajó directo al corazón de los que vivían la fiesta en sus casas, en bares, en las calles, en la Bombonera… Boca había ganado el superclásico en el Monumental. Y eso no tiene precio.

La clase no se compra. Paredes la lleva en sus genes de futbolista diferente. No brilló, tal vez ni siquiera le hizo falta tanto para ser el mejor de un superclásico que no olvidará. Pero su sola presencia desprende un magnetismo especial. Era, al cabo, el argumento central de las fundadas ilusiones que Boca atesoraba para encadenar dos triunfos superclásicos seguidos. Pero si en el 2-0 de noviembre pasado su protagonismo había sido menor, esta vez fue el general de la tropa capaz de absorber las presiones y hacerse cargo del rol de disfruta ejercer.

La mirada al frente de Leandro Paredes en el calentamiento, cuando ya era el imán de la tarde

Había empezado el partido algo impreciso, autor de un foul evitable en la mitad de la cancha. Pero enseguida calibró el pincel que lleva en el pie derecho y le entregó un pase precioso a Merentiel para que corriera hacia el arco de Beltrán; el cruce de Martínez Quarta evitó el disparo del delantero. El capitán ya estaba más cómodo cuando el tímido arreón inicial de River había amainado. Y su gravitación en el eje fue constante: cuando no tenía la pelota, indicaba para dónde debían jugarla sus compañeros. Dictaba el tempo. Cuando el primer tiempo terminaba, se elevó hasta marcar por qué puede ser titular en la selección campeona del mundo; otras dos veces dejó a Merentiel en posición de gol con pases que vio antes que nadie y ejecutó con una precisión digna de su estirpe. En la primera, su compañero definió apenas desviado y en la segunda la mano de Rivero se interpuso en el remate. Penal.

Si suele decir que vino de Europa para vivir estos momentos, los minutos que pasaron entre que el árbitro Darío Herrera fue a ver la acción en la pantalla del VAR y su remate de gol entraron en la galería de los que guardará en su memoria. Tomó la pelota desde el primer momento, como si alguien fuera a discutirle la autoría… Mientras tanto, Ayrton Costa custodiaba el punto de penal, no fuera que alguno de River hiciera un pozo en un sector del campo ya de por sí maltratado. Pateó arriba, a su derecha, con precisión, el prólogo de un festejo que tuvo de todo. Primero corrió con sus ojos celestes mirando a los hinchas y tocándose la oreja derecha, el típico gesto de “no los escucho”. Después se plantó con las dos manos detrás de sus orejas, el gesto que alguna vez Riquelme definió como un homenaje al Topo Gigio, el dibujito animado que miraba su hija Florencia, y no lo que era, un mensaje directo a Mauricio Macri, el presidente de Boca al que estaba enfrentado. Difícil creer que los tres hijos del 5 de Boca miren ahora lo mismo, décadas después. Quizás sean fanáticos de Bluey, el dibujito más logrado de esta época: se trata de una perrita de cuerpo azul y celeste y boca amarilla. En la casa de los Paredes seguro esos colores que maridan con Boca caen muy bien.

El remate de gol en el penal: Paredes definió el superclásico

El recorrido de la escena tuvo más: se besó el escudo de Boca, volvió a recrear un partido de truco sentado con Merentiel y Bareiro en el césped y al final, cuando quedó solo, se paró de cara a los hinchas que estaban en la tribuna baja y otra vez los desafío. Herrera, al lado, decidió guardarse la tarjeta amarilla que debía mostrarle y lo invitó a volver a la mitad de la cancha para reiniciar el juego. “Los dos clásicos que jugué, los ganamos. Hoy supimos sufrir cuando fue necesario. y al final jugamos un partido bastante completo. Estamos en crecimiento, y estamos siendo un equipo más de hombres”, analizaría después, todavía adentro de la cancha, mientras sus compañeros seguían festejando el triunfo. “Para el penal estaba muy tranquilo, me salió festejar de esa manera, no lo había planeado”, matizó sobre el momento cumbre.

En el segundo tiempo, con Boca más retrasado, la jugada más curiosa que lo involucró fue el empujón que le dio Marcos Acuña, su compañero en la selección, después de que él le hiciera un foul a Joaquín Freitas. Del remolino salieron los dos amonestados. Enseguida, el público le dedicó una canción insultante, a la que le bajaría el precio más tarde, después de bañarse, todavía en las entrañas del estadio: “No me molestó, es lógico, somos el rival”, diría. Abandonó sorpresivamente la cancha a los 27 minutos, para darle paso a su amigo Ander Herrera: en el entretiempo ya había advertido en el vestuario de un dolor en el isquiotibial derecho. Le alcanzó el tiempo que jugó para haber sido el más activo de Boca, con 44 toques de pelota, 25 pases acertados de los 30 que intentó y siete duelos ganados (sobre nueve).

La celebración d eParedes, el dueño del superclásico

Estadísticas, apenas. Una parte de todo lo que representa este hombre que disfruta haber vuelto a su casa tan vigente. El líder que sostuvo a Ubeda en las horas más oscuras del entrenador, cuando el equipo no daba indicios de estar camino hacia algo bueno. El que ejerce de jefe adentro de la cancha. El que siente que Delgado y Ascacibar lo complementan y Aranda tiene el desparpajo que Boca necesitaba. Si Boca tiene argumentos para desarrollar grandes proyectos, el arquitecto de esa ilusión acaba de mostrar sus bocetos en la casa del vecino de toda la vida.

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