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Un viaje a las raíces del periodismo en tiempos de fake news y desconfianzas

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Bajemos las banderas corporativas. Contengamos el primer impulso para responder a la pregunta: ¿es importante el periodismo? y démonos un tiempo –tal vez el que lleve leer este artículo– para pensar.

Estamos viviendo un momento en el que el periodismo está siendo torpedeado en su línea de flotación: la confianza. No solo por errores propios o por las deformaciones que introducen nuevos intermediarios tecnológicos, sino también por arrebatos insultantes, groseros y deliberadamente descalificatorios provenientes tanto de gobernantes como de sectores de la sociedad civil, que reducen un oficio complejo a una caricatura interesada.

En este clima de sospecha permanente, tal vez resulte necesario volver un poco a las raíces y recordar de qué hablamos cuando hablamos de periodismo. Nos referimos al que se ejerce con método, con responsabilidad y con coraje. A ese periodismo que, desde hace ya más de trescientos años, cuando la imprenta permitió multiplicar la palabra escrita, ha sido capaz de interpelar al poder incluso cuando hacerlo tenía altos costos personales.

En los años más oscuros del siglo XX, cuando el régimen nazi desplegaba en Europa una maquinaria de exterminio cuidadosamente diseñada para no dejar testigos, la prensa fue uno de los primeros instrumentos que permitieron que esa verdad comenzara a filtrarse. En 1942, diarios de gran circulación publicaron informaciones provenientes de fuentes diplomáticas y de organizaciones europeas que denunciaban asesinatos masivos en la Polonia ocupada. El 25 de noviembre de 1942 The New York Times publicó en una misma edición tres informes independientes que describían la exterminación sistemática de judíos en Europa del Este. (https://www.academia.edu/31591905/New_York_Times_25_Nov_1942). No eran rumores: eran datos corroborados que el poder prefería negar y que a muchos lectores les costaba creer.

En diciembre de ese mismo año, la prensa británica reflejó un hecho inédito: la declaración formal de los gobiernos aliados condenando la “exterminación fría y planificada” del pueblo judío. The Guardian y The Times dejaron constancia del momento en que la Cámara de los Comunes se puso en pie en silencio tras escuchar la denuncia leída por el canciller Anthony Eden. (https://hmd.org.uk/resource/17-december-1942-declaration-on-the-persecution-of-the-jews/). Aquella escena, reproducida al día siguiente, fue la traducción política de algo que el periodismo ya había comenzado a hacer: poner palabras precisas donde reinaba una negación sistemática.

Ese mismo hilo se retomó en 1945, cuando corresponsales de prensa ingresaron a los campos de concentración liberados. El relato de Edward R. Murrow desde Buchenwald, transmitido por radio y luego reproducido por los periódicos, obligó al público estadounidense y europeo a enfrentar una realidad que no admitía discusión. Murrow fue explícito: pidió que le creyeran, aun cuando lo que describía resultara insoportable. Frente a un sistema diseñado para borrar pruebas, el periodismo actuó como una forma de memoria inmediata.

Más cerca en el tiempo y en la geografía, durante la dictadura militar en la Argentina de 1979, el periodista José Ignacio López le preguntó al entonces presidente de facto Jorge Rafael Videla por el destino de los desaparecidos. La respuesta fue todo lo que el régimen pudo ofrecer: una construcción retórica cruel y deshumanizada para justificar la ausencia de cuerpos y de nombres. “No está ni vivo ni muerto, está desaparecido”, dijo Videla. Esa frase quedó registrada, publicada en los diarios de la época –aunque sin el destaque que merecía– y con el paso de los años se convirtió en una de las pruebas más brutales de cómo funcionaba el sistema de terror aplicado por el gobierno militar. Una pregunta profunda, casi murmurada. Y una respuesta que el poder no pudo evitar dar. Probablemente haya sido el momento a partir del cual el Proceso de Reorganización Nacional comenzó su proceso de descomposición.

En democracia, cuando ya no hay censura explícita, pero sí múltiples incentivos para mirar hacia otro lado, el periodismo volvió a demostrar su valor. Durante los últimos cuarenta años, el periodismo argentino investigó y expuso tramas sistemáticas de corrupción que hoy forman parte del lenguaje cotidiano del país: los bolsos con dinero arrojados en un convento, los hoteles utilizados para el lavado de fondos, las financieras clandestinas, los campos y empresas comprados al amparo del poder, los cuadernos que describían con precisión un sistema de coimas estructural. Investigaciones y publicaciones que valientemente han aportado documentos y testimonios, y que soportaron presiones, descalificaciones y ataques.

El caso de Cambridge Analytica evidenció, de manera temprana y brutal, hasta qué punto la confianza pública podía ser manipulada cuando la información dejaba de circular por los canales tradicionales del periodismo y pasaba a ser administrada por actores opacos. Esta consultora política utilizó sin consentimiento de los usuarios datos personales que había obtenido masivamente a través de Facebook. Su objetivo: construir perfiles psicológicos y dirigir mensajes hipersegmentados, influyendo así en comportamientos electorales. La información ya no llegaba a los ciudadanos a través del periodismo, sino que empresas como Cambridge Analytica creaban información falsa y la dirigían al ciudadano, afectando su capacidad de decidir sobre su veracidad.

Aquella trama (que incidió decisivamente en las elecciones que tuvieron lugar en los Estados Unidos durante 2016) fue revelada por investigaciones de The Guardian y The New York Times, y marcó un punto de inflexión decisivo: para manipular una elección ya no era necesario presionar periodistas o censurar medios; bastaba con dominar plataformas, algoritmos y flujos de información invisibles para el ciudadano común.

Ese antecedente resulta particularmente útil para comprender lo que hoy muestran las investigaciones sobre la financiación rusa de contenidos falsos en la Argentina. En Cambridge Analytica no hubo servicios de inteligencia estatales ni intermediarios pagos, sino una operación privada montada sobre el aprovechamiento abusivo de datos personales. En el caso argentino, el mecanismo es distinto, pero el objetivo converge: agentes vinculados al aparato de inteligencia ruso habrían financiado la publicación de notas falsas o deliberadamente sesgadas, utilizando identidades inexistentes, intermediarios encubiertos y medios reales como vehículo. No se trata de periodismo mal ejercido, sino de propaganda disfrazada de información, cuyo daño más profundo no es la mentira puntual, sino la erosión sistemática de la confianza en todo el ecosistema informativo.

En ambos casos, el patrón es el mismo: desplazar al periodismo como intermediario legítimo entre los hechos y la sociedad, degradar la noción misma de verdad pública y reemplazarla por mecanismos opacos de persuasión. Ya no se busca convencer a través del debate o la evidencia, sino condicionar percepciones, generar confusión y volver indistinguible la diferencia entre información y manipulación.

Por eso resulta especialmente inquietante el escenario actual. Las plataformas de inteligencia artificial generativa, presentadas como herramientas neutrales de acceso al conocimiento, están debilitando las bases materiales del periodismo. Se entrenan con contenidos producidos por periodistas y editores profesionales, los sintetizan y los reproducen, mientras erosionan el ecosistema económico que permite que existan redacciones, corresponsales y tiempo para investigar. Es una paradoja peligrosa: consumen información original mientras contribuyen a que ella deje de producirse.

¿Es importante el periodismo? Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿qué ocupará su lugar si deja de existir? La experiencia histórica muestra que allí donde el periodismo profesional se debilita –por ataques sistemáticos, por degradación interna o por tecnologías que lo parasitan– no emerge una sociedad mejor informada, sino una más expuesta a la manipulación organizada. La pregunta que en realidad subyace es, finalmente, si estamos dispuestos a pagar el precio de vivir sin él.

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