La próxima visita del papa León XIV debería constituir una oportunidad excepcional para promover la reconciliación entre los argentinos. Sin embargo, algunas intervenciones recientes de la jerarquía de la Iglesia local parecen correr el riesgo de trasladar a ese acontecimiento pastoral las mismas confrontaciones políticas que tanto daño han causado al país.
La pobreza, la inflación, la decadencia institucional y las fracturas sociales argentinas no comenzaron con el actual gobierno. No se puede reclamar el fin de la grieta y, al mismo tiempo, contribuir a profundizarla. Quienes predican la concordia tienen una responsabilidad especial de practicarla
El arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, ha insistido en describir una Argentina herida por la pobreza, la intolerancia y las divisiones sociales. Su preocupación es legítima. La Iglesia no solo tiene derecho, sino también la obligación moral de denunciar las injusticias y defender a quienes sufren. Pero importa también cómo, cuándo y en qué contexto se formulan esas advertencias.
La pobreza, la inflación, la decadencia institucional y las fracturas sociales argentinas no comenzaron con el actual gobierno. Son el resultado de décadas de desaciertos, irresponsabilidades y fracasos de administraciones de distinto signo político. Presentarlas sin esa perspectiva histórica puede alimentar una interpretación política partidaria de problemas que exceden largamente a cualquier gestión.
Tampoco la Iglesia está exenta de examinar su propia conducta frente a esa prolongada decadencia. Su autoridad moral se fortalece cuando aplica los mismos criterios a todos los gobiernos, sin silencios complacientes ni indignaciones selectivas.
La misión del Papa no consiste en arbitrar las controversias partidarias argentinas, sino en transmitir un mensaje espiritual capaz de trascenderlas
Resultaría lamentable que la visita de León XIV terminara convertida en un nuevo escenario de disputas políticas. La misión del Papa no consiste en arbitrar las controversias partidarias argentinas, sino en transmitir un mensaje espiritual capaz de trascenderlas.
La jerarquía eclesiástica debería extremar sus esfuerzos para que ese acontecimiento sea una ocasión de encuentro, esperanza y reconciliación.
No se puede reclamar el fin de la grieta y, al mismo tiempo, contribuir a profundizarla.
Quienes predican la concordia tienen una responsabilidad especial de practicarla.
La Argentina necesita que la visita papal ayude a cerrar heridas, no que se convierta en otra oportunidad para reabrirlas.



